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Trump ama la inflación

El arte de licuar las deudas: del pragmatismo de Washington a los “dibujos” contables de Buenos Aires

Mientras Trump sugiere utilizar la inflación como una herramienta para achicar el valor real de la deuda de EE. UU. a costa del ahorro global, el gobierno de Javier Milei apela a la licuación en pesos y a la manipulación del gasto devengado para simular un superávit fiscal insostenible.

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Redacción

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El arte de licuar las deudas: del pragmatismo de Washington a los “dibujos” contables de Buenos Aires
Trump reivindica la inflación

En la portada expuesta por The Wall Street Journal, firmada por el periodista especializado Nick Timiraos, Donald Trump expuso una de las herramientas más antiguas de la economía política: la licuación de la deuda a través de la represión financiera. El argumento central del expresidente estadounidense sostiene que si un Estado acumula pasivos millonarios a tasa fija, la aceleración de la inflación erosiona de forma directa el valor real de esos billetes. Como la recaudación tributaria nominal sube en paralelo al nivel general de precios gracias a los impuestos al consumo e ingresos, el gobierno termina recaudando cifras nominales más altas y salda sus compromisos con dinero depreciado. En el caso de Estados Unidos, al emitir la principal moneda de reserva global, el Tesoro cuenta con la ventaja estratégica de exportar parte del costo de esa inflación al resto del planeta. Sin embargo, para la población local esto representa una transferencia directa de riqueza, donde los acreedores y los ahorristas sufren la pérdida sistemática de su poder adquisitivo, funcionando en la práctica como un impuesto implícito no legislado.

​En Argentina, la administración de Javier Milei llevó este mismo principio a su máxima expresión en la economía doméstica, aunque le añadió una maniobra de contabilidad pública para sostener su relato de éxito macroeconómico. Durante sus primeros meses de gestión, el gobierno aplicó una licuación masiva al mantener las tasas de interés reales muy por debajo del ritmo inflacionario para achicar los pasivos del Banco Central, al mismo tiempo que licuó los salarios del sector público, las partidas de gasto operativo y los haberes jubilatorios. No obstante, el promocionado superávit financiero del Poder Ejecutivo descansa sobre un truco técnico crucial: la brecha entre la base devengada y la base caja. Mientras que la base devengada registra el momento en que la obligación de pago nace porque el servicio se prestó, la obra se ejecutó o el subsidio se liquidó, la base caja solo computa el instante en que el dinero sale efectivamente del Tesoro para cancelar la obligación.

​Para mostrar saldos positivos permanentes ante la opinión pública y los organismos internacionales, el Ministerio de Economía utilizó de forma sistemática la base caja mediante el método de congelar o pisar transferencias. De este modo, las obligaciones devengadas como las facturas a generadoras de energía, los certificados de obra pública, los fondos universitarios y las deudas con proveedores se acumularon bajo la figura de deuda flotante. Este mecanismo equivale a declarar superávit en las finanzas de un hogar simplemente porque se tomaron las facturas de los servicios del mes y se guardaron en un cajón sin pagarlas.

​Esta estrategia expone una profunda fragilidad política y económica. En primer lugar, tanto en la retórica de Trump como en la praxis de Milei, apelar a la inflación para achicar el peso del Estado no constituye un logro de gestión ni una verdadera reforma estructural, sino un ajuste regresivo sobre los ingresos de la sociedad. En segundo lugar, la licuación prolongada termina destruyendo el consumo y la actividad económica, lo que desencadena una caída en la propia recaudación de tributos clave como el IVA o los aportes patronales, obligando al gobierno a postergar cada vez más pagos para no perder la foto del equilibrio fiscal. Por último, la acumulación de deuda flotante no es un capital sostenible en el tiempo, ya que genera parálisis operativa, litigios judiciales y exigencias de cancelación futura. La insistencia en construir gobernabilidad sobre un superávit ficticio sostenido con pagos congelados revela la inconsistencia central del modelo: la pretensión de erigir un dogma de austeridad fiscal sobre un cimiento de deudas no declaradas que la realidad terminará por cobrar tarde o temprano.

​FUENTES:

  • ​The Wall Street Journal – Reporte de Nick Timiraos sobre las declaraciones de Donald Trump acerca del impacto de la inflación en la deuda nacional.
  • ​Oficina de Presupuesto del Congreso (OPC) – Informes sobre la ejecución presupuestaria del Sector Público Nacional (Base Devengada vs. Base Caja).
  • ​Ministerio de Economía de la Nación Argentina – Planillas de ejecución financiera del Tesoro Nacional y evolución de la deuda flotante.

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